Todas las mañanas paso delante de él, camino del trabajo. 

El pequeño cementerio de Valencina se ha quedado adosado al polígono industrial

que hay a la entrada del pueblo, pared con pared con una nave repleta de mercancías

de “los chinos” y  además le han construido una gran rotonda en la puerta.

Los cipreses centenarios que hay en  su interior, no entienden del barullo de las

naves colindantes: carpintería, servicio municipal, talleres de coches. No encuentran

el silencio del campo, el silencio de las piedras y tumbas.

El cementerio del pueblo de al lado, Guzmán, se ha quedado varado

en el carril bici que pasa por su entrada. Y los pájaros se han ido.

Sigo observando y el cementerio del próximo pueblo, Castilleja

de la Cuesta que está situado en lo que fue una hermosa colina, ahora lo han

tapado, lo han dejado sin aire. Aire Sur, un centro comercial, lo asfixia.

El cementerio de Tomares tiene por dirección el polígono Pisa…
Podría seguir, pero paro aquí.
¿Qué interpretación harán los arqueólogos, dentro de 2.000 años,

de nuestros ritos funerarios? Tal vez lleguen a la conclusión  de que queríamos tanto a nuestros difuntos,

que le construíamos adosados a los campos santos, restaurantes, tiendas de
ropa, de deportes, talleres de coches, bazares orientales con la intención de
que en la otra vida no les faltara de nada.

Dentro de 2.000 años, no habrá  ni cínicos,ni escépticos que lleguen a descubrir  que  la  especulación  del suelo era mucho más rentable para  nosotros que la especulación sobre la vida eterna.